El signo lunar

Cuando nos iniciamos en la astrología y sabemos de nuestro signo lunar suele ocurrir un “ah vale, ahora todo me encaja mejor”.

Así como para hacer brillar nuestro Sol necesitamos hacer un viaje a lo largo de la vida, las cualidades del signo lunar las venimos expresando desde nuestra niñez. Me gusta decir que es como un software que tenemos ya instalado, que opera sin esfuerzo de forma automática. Nos sale solo y ahora veremos el porqué.

Nacemos indefensos e incompletos y necesitamos de un cuidador para sobrevivir. El bebé percibe al cuidador (normalmente es la madre) de una forma concreta y entiende que tiene que actuar de una determinada manera para recibir su afecto y cuidados.

Esta estrategia de supervivencia es imborrable y aún cuando crecemos y somos autónomos, seguirá siendo la pauta de cuidado o nuestro modelo de refugio cuando nos sintamos inseguros.

Pero este valioso primer aprendizaje puede convertirse, en edad adulta, en un verdadero obstáculo para nuestro crecimiento. De aquí que en sesiones de terapia se insista tanto en revisar la etapa infantil. El famoso “háblame de tu madre”.

Es cierto que no podemos cambiar las características de nuestro signo lunar pero sí que podemos encauzar su energía en otra dirección. No para deshacernos de ella o ignorarla, pero sí para integrarla de forma más madura con las otras energías de la carta. El primer paso es conocer nuestra Luna y darnos cuenta que la luz que emite (cuando la emite) no es propia, es reflejada. 

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